El lenguaje de Miami

En el avión que viajaba a Miami estaba como opción la película de “El francotirador”. Un hombre que se entrena y va a pelear al frente de la guerra con Irak. Una escena: la mujer ve en la televisión como impacta un avión en las torres gemelas. Pega un grito de exclamación y llora mirando al marido mientras le dice “¿Qué nos están haciendo?”.

Porque el ataque, para ella, fue algo personal. Estaban rompiendo su país. El nivel de patriotismo que manejan, el respeto por su historia, el gusto por su cultura, es algo inexplicable.

Miami, en cambio, es una cruza de etnias: cubanos, argentinos, mexicanos, puertorriqueños. Alguien al llegar me dijo, Miami parece que fue hecha en cinco minutos. Será porque es una ciudad joven, será porque los imponentes edificios de fondo parecen un decorado de las producciones de Hollywood.

Miami es palmeras, grandes autos, color amarillo y banderas norteamericanas por doquier. En la puerta de los hoteles, en las esquinas, en las bajadas a las playas de arenas blancas, en los locales, alguien me dice que si ponen a flamear la bandera en las películas les cobran menos impuestos. Banderas en los comerciales de televisión, en una bici apoyada en la pared.

Pero me detengo en algo- que siempre es lo mismo- el lenguaje. El lenguaje, en Miami, por momentos parece cerrarse. La mayoría de las personas que la caminan y trabajan, que la viven son latinos de habla hispana que por algún motivo no quieren hablar español.

¿Por qué? ¿Por la política del lugar donde trabajan? Es ilógico, en cualquier lugar turístico piden gente bilingüe para que se pueda comunicar con el turista y aquí es al revés…

Uno ve que el turista que habla poco inglés se convierte en un mono danzante para comunicarse con el que tiene en frente, que es un latino, que habla español igual que él pero que le responde en inglés. Como si fuera una broma, como si fuera un show que le viene a entretener la tarde calurosa.

Una chica me atiende detrás de un mostrador y me saluda en inglés, le pregunto si maneja el español, cambia su expresión, pone mala cara y me dice que sí, como si yo hubiera descubierto algo que ella no quería enseñar o se empeñaba en disimular, su origen. Hablamos en español y cuando terminamos el intercambio la saludo alegremente en un inglés torpe pero simpático “thanks you, bye” y le comento que tengo un matete en la cabeza de idiomas, que ya no sé en qué hablar. Ella me dice: “Estas en Estados Unidos, acá… acá se habla inglés”.

 

 

 

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