El volcán y su volcana

*Elena Poniatowska

Realmente ni ella ni yo sabíamos a dónde íbamos. A las niñas no se les dan tantas explicaciones, se les dan sus besos. Lo que si nos ofrecían era un país nuevo, distinto, en que no éramos más que unas cochinas extranjeras. ‘Lárguense a su tierra’ -nos decían en la calle. Cuando mamá salía, subíamos a la azotea a rezar por los que se habían quedado en la guerra. Entonces las mujeres que descolgaban la ropa del tendedero porque iba a caer la noche nos decían: ‘Pinches fuereñas ¿qué hacen aquí chupándole la sangre a nuestro país?’.

 

Sin embargo, ni ella ni yo nos sentíamos forasteras a pesar de que nos consideraban gabachas. ‘Miren, las metecas ésas comen chile. Ahora segurito se van a zampar un mole de Oaxaca’. Al contrario, queríamos pertenecer, lo deseábamos con desesperación pero no nos dábamos cuenta de la gravedad de nuestra angustia hasta que en una pollería vimos un calendario lascivo de Jesús Helguera en glorioso technicolor: los dos volcanes que presiden la vida del valle de México.

 

Ixtacihualt murió, quizá porque su padre prefirió matarla a entregarla en premio. ‘Has ganado, pero de mi hija sólo puedo darte el cadáver’

 

A las ancianas las adornamos con alacranes, arañas, tarántulas, víboras, pirañas, murciélagos y otras sabandijas porque en eso termina la vida

 

Quisimos entrar al volcán para volvernos mexicanas y lo que descubrimos fue una manera distinta de pertenecer. Volcán nos abrazó

 

La sabiduría de Juan Cruz había surgido de su contacto con los espacios siderales y le permitía no sólo analizar, sino prever los fenómenos atmosféricos

 

No pasó un día sin que sintiéramos que revivíamos la historia de los primeros amantes que enseñorean con su grandeza el Valle de México

 

Emocionadas, escuchamos al pollero contarnos la historia de un cacique traicionado que emprendió una guerra a muerte contra el emperador azteca y para ello buscó al Popocatepetl. Él le dijo que sí, a cambio de la Ixtacihuatl, su hija, a quién amó desde que la vio por primera vez. Ixtacihuatl murió, quizá porque su padre prefirió matarla a entregarla en premio. ‘Has ganado pero de mi hija sólo puedo darte el cadáver’. Popocatepetl tomó a la princesa en sus brazos y la llevó hasta la cima nevada. Allí tendió el cuerpo de la amada, cruzó sus brazos sobre su pecho como se les hace a todos los muertos y encorvado bajo el peso de su tragedia se arrodilló a su lado. Dobló la cabeza y la veló la noche entera. A la mañana siguiente ya no eran hombre y mujer sino volcán y volcana. Él era capaz de estallar, ella dormiría de aquí a la eternidad.

 

El pollero entró en éxtasis al contar la leyenda y nosotras decidimos reencarnarla. ‘Tú vas a ser mi volcana’ -le dije a ella. ‘Vamos a demostrarles a estos señores que no somos despreciables por venir de fuera’. Para conseguirlo, fuimos al corazón de volcán a preguntarle si teníamos vocación de montañas. Como respuesta volcán nos abrió la mente. Nos hizo entender que si de algo somos es de la tierra, que el mar se desborda, cubre todo el planeta y se tiende por igual ante todas las ventanas pero que los volcanes son la única posibilidad de desahogo de la tierra, a través de ellos suspira y tiene sus catársis.

 

Después ya no fuimos las mismas. Comprendimos que no pertenecíamos al país de donde habíamos venido ni tampoco a éste. Quisimos entrar al volcán para volvernos mexicanas y lo que descubrimos fue una manera distinta de pertenecer. Volcán nos abrazó: ‘Ustedes son mías como yo soy de la tierra’. Bajamos al pueblo alucinadas y con un único deseo: volvernos montañas.

 

¿Cómo se vuelve uno montaña? Desde luego no es cosa de un día para el otro y hay que ensimismarse; ir cubriéndose de capas sucesivas, de hojas vivas, de tierra mojada, asentarse sobre el suelo con calma y esperar a que el traje terrestre se adhiera al alma y no resbale o lo deslaven las altas nieves. Los atardeceres ayudan porque el tiempo se detiene, se va aquietando y entonces es más fácil ordenar las ideas. Durante el sueño cada piso de piedra va subiendo y entonces uno crece hacia arriba.

 

-Necesitamos un tiempero -me dijo ella.

 

A los tiemperos, las volcaneras, los chamanes y los graniceros, los volcanes se les revelan en sueños y les piden lo que quieren; que sahumerio, que flores blancas, que banquete espiritual. Los tiemperos saben cuáles deben ser las alabanzas, de qué tamaño la cruz de ocote, dónde están las cuevas y los ríos subterráneos. Fuimos a Chalco y a Cholula, a Atlixco y a Tlamacas y ya cuando estábamos desalentadas de tanto rechazo y tanta desconfianza, apareció Juan Cruz. Era un tiempero, un conocedor del tiempo, un granicero que se comunicaba con las nubes y les hablaba de tú. Vivía al compás de la Vía Láctea y seguía los acontecimientos del mundo desde lo alto. La sabiduría de Juan Cruz había surgido de su contacto con los espacios siderales y le permitía no sólo analizar sino prever los fenómenos atmosféricos. Con sólo ver el horizonte, sentenciaba: ‘Va a llover’ y se desataba la tormenta. ‘La naturaleza es mi familia, con ella me casé y en ella quiero morir’ -nos dijo y a partir de ése momento ella no dejó de consultarlo.

 

Juan Cruz me hizo sufrir porque estoy segura de que se enamoró de ella. Desde el primer momento, en su jacal le dirigió sus respuestas a ella, la miró a ella, la escuchó a ella. Yo era un estorbo a pesar de que el me convirtió en la cargadora y cuando salíamos a buscar las mazorcas del maíz más tierno, los hongos, las raíces, las flores felices, el me las ponía en los brazos porque era la más fuerte. Ellos dos se correteaban en la milpa, retozaban, yo nunca pude desaparecer y los seguía cargada con lo que iba a ser la ofrenda. Oía sus risas entre las varas altas y una vez los caché tirados en el musgo ella boca arriba y él encima de ella riéndole en la cara. Solté la ofrenda. Ninguno de los dos se inmutó al verme, siguieron riendo, como que iban a meterse uno dentro del otro y la verdad a ella nunca la había visto más entregada. A él, habría podido yo matarlo.

 

Fueron muchos los preparativos, conocimos la vida de los pueblos que se apelotonan en la falda de los volcanes y nos unimos a las ofrendas de los graniceros y tiemperos. Juan Cruz, el más alerta de todos los campesinos nos advirtió que el Popocatepetl, monte alto que humea, tiene mal genio y es bien rencoroso. A veces amanece enojado y se sacude a aquellos que se le suben encima. Soplan vientos amargos, giran las borrascas de nieve sobre las cordilleras ásperas y se vienen abajo los alpinistas como moscas y él mismo los sepulta en las grietas de su enorme cuerpo. Cuando Juan Cruz decía eso si me miraba a los ojos como enviándome al abismo. El ya me había condenado.

 

Acostumbradas a la nieve y al frío de los largos inviernos europeos, supimos abrirnos paso en la neblina, llegar hasta su punta, acariciarla una y otra vez, rendirle el tributo de nuestro ascenso y dejarle la ofrenda que preparamos con cuidado: maíz negro, cempasuchitl, piloncillo, tortillas, cacahuate, fruta en una cazuela de barro nuevecita, pescados con agua para llamar a la lluvia, mole de camarón que también atrae a la lluvia y la hace interminable, una botella de aguardiente así como cigarros Alas y cuatro cervezas a los puntos cardinales, todo ello acomodado sobre un mantel bordado más blanco que la nieve.

 

Era un hombre extraño ése Juan Cruz y no nos soltaba ni a sol ni a sombra. Por mí lo habría mandado al carajo o me habría medido con él pero ella amanecía pronunciando su nombre. ‘Hay que preguntarle a Juan Cruz’. ‘No podemos lanzarnos si no le decimos a Juan Cruz’. ‘Juan Cruz me dijo que él nos acompañaría’. Alguna vez aventuré que lo dejáramos, que ya no lo aguantaba y ella me miró con estupor. ‘Nos va a caer la maldición’. ‘¿Cuál maldición?’. ‘La de la montaña’.

 

Juan Cruz fue quién nos dijo que si queríamos pertenecer diéramos funciones de El volcán y su volcana de pueblo en pueblo. Con ésa obra, siempre seríamos bien recibidas. Ella aplaudió y de sus manos salían mil relámpagos cristalinos. Entonces me dio miedo. ¿Sería que los graniceros le habían pasado sus poderes?

 

De nuestras representaciones la que más gustaba era la de los dos campesinos -ella y yo, con nuestros sarapes- que llegaban a la capital y preguntaban sorprendidos: ‘Pues ¿dónde están los volcanes? ¿Qué ya se los llevaron?’. Era una obra ecológica un poco ingenua. Denunciábamos la contaminación. Nuestros personajes creían que los volcanes habían salido de viaje o los habían escondido a propósito para castigarlos porque sus ofrendas no habían sido suficientes. Para ellos, los volcanes eran personas que no siempre están en su lugar. A veces salen y se visitan unos a otros, van a saludar al Pico de Orizaba, al Nevado de Toluca, al Ajusco, al Paricutín, a la Malinche y hasta el cerro del Chapulín que es un montoncito de nada. Cuando yo veía entre el público a algún extranjero, a algún gringo despistado, viajaba aún más lejos -el Popo que era yo y la Ixta que era ella- y la tomaba de la mano para ir a saludar al Etna, al Vesuvio, abrazar a los Pirineos y las dos regresábamos encorvadas por el peso de ese gran vuelo, teníamos el mal de montaña y todos aplaudían con emoción. Juan Cruz sólo asistía de vez en cuando a las funciones pero nos controlaba a través de ella. Se alejaba sólo para darse a desear. Ella preguntaba a otros tiemperos si lo habían visto, cómo estaba, qué les había dicho. ‘¿Mencionó mi nombre?’ y al hacer esa pregunta se le hacía en el rostro un rictus de dolor que a mí me lastimaba.

 

También, por consejos de Juan Cuz, hicimos tareas propias de nuestro sexo. ‘No olviden que son mujeres’ y bordamos manteles con flores, fundas de almohadas, sábanas blancas y pañuelos de llorar. Blusas, faldas, tapados, cinchos. Estrellas y flores en forma de astros para las señoritas que éramos, cempasuchiles amarillos y encendidos como el sol a mediodía para exaltar la fértil madurez de las casadas, estrellas rojas para las viudas que así alertan al caminante. Con hilos verdes morados y negros cubrimos el cuerpo de las mujeres de la calle y a las solteronas les pusimos muchos pájaros deseando que las picaran hasta encontrar su agujerito. Hicimos alguna aportación novedosa al añadir letras sueltas sin significado en medio de los pájaros porque llegamos a la conclusión de que las solteras como mujeres no sirvieron para nada. A las ancianas, las adornamos como nos orientó Juan Cruz, con alacranes, arañas, tarántulas, víboras, pirañas, murciélagos y otras sabandijas porque en eso termina la vida.

 

No pasó un día sin que sintiéramos que revivíamos la historia de los primeros amantes que enseñorean con su grandeza el Valle de México. Una dormía y la otra contemplaba, una pasaba la noche en vigilia y la otra soñaba la historia universal. Nosotras dos éramos como el cerebro del delfín, uno de cuyos hemisferios siempre está despierto. Decidimos representar la leyenda frente a públicos de diversa índole y nos hicimos llamar La Popo y el Ixta. En medio de las risas nos atrevímos a llamar amor a lo que nos unía.

 

Ixta era la que contaba la leyenda. Cerraba los ojos y acostada en el suelo empezaba a relatar un sueño que a todos fascinaba. Era la mujer blanca y su blancura se extendía hasta los oyentes que se apretaban en torno a ella porque no querían perder una sola palabra. Arrodillada a su lado, también yo escuchaba en medio del silencio. Era un silencio extraño, no de calma sino de expectación. Todos esperaban que sucediera algo y yo también pero no sabía qué. La quietud de mi compañera más que inspirar paz, era presagio de guerra.

 

Descalza, daba una impresión general de descuido. Un halo de luz incandescente rodeaba sus facciones, su cabello largo y enmarañado, sus manos, de uñas no muy limpias que instintivamente cruzaba sobre su pecho quizá para contener la emoción de su voz, la intención de sus palabras. Era fina, delicada y sin embargo tuve un leve sentimiento del que después me arrepentí: de repugnancia ante su belleza. En cambio mis facciones son demasiado marcadas para poder considerarme hermosa. A lo único que podría yo aspirar es a la fuerza. ‘Tiene carácter’- me otorgarían o a lo más me harían el favor de considerarme expresiva.

 

Una noche después de la representación en una generosa cantina que ostentaba el nombre de ‘Salón para familias’, a ella le dijeron ‘exótica’ (claro, por extranjera) y entonces, para reivindicarnos, se puso a bailar mejor que cualquiera de las profesionales. Cuando la vi a la mitad del escenario, con su cuerpo que iba cubriéndose de sudor y su pelo deshecho me lancé sobre ella y por primera vez, frente a un público estupefacto, juntamos nuestras bocas. Redimimos a la leyenda. ¿Cuál mujer muerta ni que ocho cuartos? ¿Cuál hombre encorvado bajo el peso de su tragedia? Éramos un par de mujeres prendidas, despiertas, ganosas, calientes, cachondas y muy chéveres. El público, cómplice, aplaudía nuestro amor, y todo era miel sobre hojuelas porque nos veían como diosas venidas de lejos para abrirles las puertas de la percepción.

 

* * *

 

De pronto, en pleno baile se apareció el mismísimo demonio con el nombre de Juan Cruz. Nos separó. Sacó una soga de la bolsa de su saco de gamuza y la puso en torno al cuello de Ixta. La jaló y la arrastró con tanta fuerza que la mató.

 

-¡Has asesinado a nuestra soñadora inmóvil! -gritó la multitud mientras se abalanzaba contra él.

 

Aunque era ágil e intentó escapar, los golpes lo dejaron sin resuello como a los gallos de pelea. Clavó el pico y perdió la cresta. Yo me arrodillé junto al cadáver de mi amada y allí me quedé como una piedra.

 

Sola, descubrí que no había entendido sino muy poco de los signos del volcán. Ahora que estaba completamente sola, comprobé lo que tanto temía: Juan Cruz era el volcán. Devoraba a sus victimas y desde un principio puso sus ojos y sus incendios en ella. Condenado a darle vida al Popo y a la Ixta, no podía sino renovar la leyenda. Por eso supo que ella había venido a México a morir y que a él le tocaría encenizarla. El volcán ya no podía retener su lava y tenía que dejarla correr. Así como estallaban sus fuegos interiores, así como aventaba piedras, así destrozaba vidas reviviendo una y otra vez el nacimiento del universo. Pero esto lo sé hasta hoy que cuento la historia, o, debería decir, que la historia quiere salir del fondo del cráter y ser contada por mí.

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