Mi hermana melliza

Las fotos que tengo con mi hermana melliza cuando tenemos entre tres y seis años son las mejores. Hay una donde ella pisa una pelota de futbol y yo sostengo un osito con cara de tonta. También la foto donde yo poso con cara de top model, malla roja y dos colitas bien rubias y ella hace una mueca de disgusto por la exposición ante la cámara; está la foto donde bajamos de la montaña agarradas de la mano, porque sabíamos que si nos soltábamos nos hacíamos torta contra el piso.

Hay una foto donde mi abuelo nos da de comer en las mejillas. Si, en la boca no entraba la comida, sentaditas en las sillitas de madera. Veo una en que una nena, que no sé quién es, juega con nosotras y nosotras no tenemos mucha cara de querer a la nena. Una de las mejores: la que las dos asomamos la cara por la ventana de una camioneta vieja que esta estacionada en el garaje, y mi hermana queda estrujada por mí.

¡Y la que más me hace reír! La foto donde se nos pone frente a dos tortas, una para cada una, cuando cumplíamos tres. Es como una secuencia. En la primera imagen se ve a mi hermana, con su vestidito azul noche, y su camisita blanca, se ve que ella me dice un secreto. En la otra imagen estoy yo,  con mi vestido azul – pero Francia- y la camisa blanca también y con cara de maldita le intento soplar la velita de ella, teniendo la mía prendida.

Después vendrán las fiestas de cumpleaños con animadoras, los actos de colegio con las caras pintadas de negro a corcho quemado, las vacaciones en el mar con el protector blanco en las mejillas al mejor estilo Rambo.

Y llegaremos a los 17 años. De acá para adelante otra vez las mejores fotos, con las chicas, con el grupo de amigas que supimos formar entre las dos. Viajes, cumpleaños, boliches, más amigas, ojos bizcos, uñas pintadas.

Hoy, porque el tiempo cumple su tajada, las fotos tienen los colores de las paredes de  nuestras casas- la que eligió cada una para vivir y seguir su propio camino- de las plantas, de las perritas, de las cervezas en el pedacito de pasto.

Todavía recuerdo que de chicas decíamos que íbamos a vivir en un dúplex para estar una al lado de la otra, también decíamos que íbamos a montar un kiosco con almacén, que yo atendería el almacén y ella el kiosco. Pero el destino tenía otros planes: Yo me convertí en periodista y mi hermana eligió la psicología y la ayuda a la gente.

Hay una última foto en donde se ve esto: La que se tira al agua en una pileta descolorida con tan solo 3 añitos, es mi hermana; yo, la que la mira. Es que mi hermana parece de Piscis con lo que le gusta el agua, parece que el fuego de Leo no se le apaga ni con un mar entero. Es el día de hoy que va a la playa en los meses frescos y se mete hasta la nuca, hace la plancha, flota, sale del agua y se abriga. Yo la miro desde la costa, o escucho mientras alguien incrédulo me lo cuenta. Y pienso “es que mi hermana tiene tanto fuego…”

Hubo una vez que casi nos ahogamos en un mar de Brasil: la corriente nos chupó, nos alejó de la orilla, no hacíamos pie y teníamos unos 30 centímetros de agua sobre la cabeza. Con un brazo aleteábamos como pollos, y cuando salíamos a respirar ella gritaba auxilio y yo tomaba aire. Con la otra mano, mi izquierda y su derecha, nos sujetamos una de la otra.

Solita la corriente nos escupió, como si nos hubiera sacado las ganas de joder y ya no tuviéramos gusto.

Volvimos caminado hasta las arenas blancas, todavía agarradas de la mano, sin decir palabra. Sabíamos lo que había pasado. Debe ser que no era  el momento, que todavía nos quedan muchos mares más en los que chapotear.

Mi hermana melliza es una mujer que parece un tronco por fuera pero es de una sensibilidad extrema. Tozuda y amiguera, divertida y responsable, da más de lo que recibe, pero lo bueno es que no le importa. Todavía sonríe con picardía y mira con dulzura, como cuando tenía cuatro años y flequillo. Mi hermana melliza el centro, es el eje, es el motor de un tractor andando. Es el fuego, es el viento que juega con las hojas, es el mar por lo audaz, pero también es la arena blanca, calentita, con la que me gusta caminar, desde el primer día que pisé esta tierra, hace ya 30 años.

 

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