Oda a la alegría

En el auditorio del Thattersal del Hipódromo de San Isidro entran mil personas, tal vez más. Y estaba lleno, porque Marcelo Arce explicaría- como siempre lo hace, con elocuencia y humor- la música clásica.

La presentadora pide que por favor saquen los banner del escenario, porque interfieren. Aparecen, entonces, dos jóvenes que enseguida lo resuelven, la mujer baja, las luces se apagan y la música empieza a sonar, eso indica que él está cerca, de todas formas cuando sube al escenario se lo ve: un hombre vestido con un pantalón y saco – abotonado hasta el cuello- de seda marrón, parece un hombre enfundado.

Mueve las manos dirigiendo su propia orquesta. Se arrodilla en el escenario frente a los aplausos de bienvenida y junta sus manos como en un rezo. Atrás, solo la pantalla gigante que lo acompañará toda la noche.

-¡Cuerdas envolviendo a los hombres!- exclama- y arriba… las trompetas triunfantes-dice mirando al cielo que no existe.

Cuando termina la música y con una voz temblorosa de emoción, excitación y expectativa comienza a hablar.

-¿Hace calor acá o soy yo por los cambios de la edad? Me estoy crocando- todo el mundo ríe – ¿Les gusto chicos?- dice trabándose en algunas palabras. Parece tartamudo o alguien que se esfuerza por no serlo.

La tela del traje de seda marrón se le pega en el cuerpo, está empapado en sudor. Le pregunta al público si hay alguien que lo apantalle, la gente sigue riendo pensando en un chiste, pero él siente calor. Más tarde abrirán las puertas para que circule aire, pero no ahora. Ahora seguirá derritiéndose en el escenario con la luz pegándole en la frente; derritiéndose como en un baño de chocolate.

Vuelve la música: es Astor Piazzolla con su “Primavera Porteña”.

-La primavera es sinónimo de alegría. Trae el amor- dice sin trabarse.

Su lengua se recuesta en ese colchón de pentagramas, tranquila, segura. Y mueve las manos rápido y la boca como si estuviera soplando la canción. Y la cabeza, la cabeza la mueve en un sí alentador.

Ahora: La primavera de Vivaldi.

Marcelo Arce salta, es un chico. Da un paso atrás para marcar el pequeño eco de las doce cuerdas. Mueve sus manos como pájaros, son colibríes, los dedos repiquetean en el aire cuando se oyen los violines. Se escuchan – con imaginación y buen entendimiento- los truenos de una tormenta de primavera.

Termina la música y Arce vuelve a hablar con el público y su lengua se traba otra vez.

-No se enojan de que sea tan simple, ¿no? Quiero que estén cómodos. Solo nos falta el aire y el champagne- bromea con cinismo- Yo estoy cuarenta años para saber qué tiene una obra y ustedes en un minuto lo entendieron todo. ¡Qué maravilla!

Arce cuenta que Vivaldi murió en 1971 en la época de las pelucas, en la pobreza, habiendo sido multimillonario para su época, autor de 53 óperas, la más importante Orlando furioso, con más de 476 “concherto”. Ha dejado de tartamudear.

 

…………………………….

 

Para un sordo que lo ve, está dirigiendo una clase de gimnasia: levanta los brazos, los baja, da pasos al costado, gira sobre su eje, mueve la cabeza de un lado a otro pasando por el centro, simulando ser ejercicios de estiramiento.

Ha llegado el otoño. Y el otoño para Arce es “el anochecer de un día agitado” de los Beatles.

Dice que los Beatles es el segundo grupo que más vendió obras en la historia. El primero, murió de hambre, y fue Mozart. Dice que Mozart le gana en ventas a todos.

-Mozart sigue siendo el que más vende. Mozart compuso la primera obra a los tres años. ¿Qué hacíamos nosotros a esa edad? Él la primera sinfonía, yo seguía jugando al balero.

Ahora dice “avisos parroquiales”, y comienza a dar las gracias a organizaciones, fundaciones, entidades intermedias, anuncia sus próximas presentaciones y vuelve a tartamudear.

-¿Les cuento un poco sobre oda a la alegría?- retoma el hilo del encuentro: será el turno de Beethoven.

Dice que lo llamaban don Beto porque a los quince años ya tenía el cargo de maestro de clave en la corte. Dice que el abuelo era músico y el padre borracho y golpeador.

En 1793, cuando tenía 23 años, Beethoven conoció la obra Oda a la Alegría, una poesía hecha por Friedrich von Schiller y enseguida quiso musicalizar el texto. Eso derivó en la Novena y última sinfonía en RE Menor.

Suena. Oda a la Alegría. Es inevitable no canturrearla por dentro.

-Cuando arte y alma se unen, Dios nos llena de alegría- dice Marcelo tira un beso al aire- ¡Te adoro Beethoven, te adoro!- grita.

Uno de los versos de Oda a la Alegría dice:

¡Abrazaos, Millones de seres!

¡Este beso para el Mundo entero!

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