Oído cultural

En el colectivo un chico de unos 14 años intenta hablar con una familia que viaja con él  en un  español que parece cortado con un vidrio. El chico les cuenta de su cultura japonesa y les dice que no le gusta. Pero si la música japonesa. “Me gusta, muy me gusta” dice.

El chico desde muy pequeño vivía en Argentina y había viajado pocas veces a su país madre.

A un chico oriental occidentalizado le gusta la música japonesa, no su cultura, su música.

Hay algo en esos genes, creo yo, que tira.

Hace diez años tomé clases de flamenco. Me apasionaba. No lo había bailado jamás pero en cuanto escuchaba una sevillana se me erizaba la piel. Sabía en que grado poner los brazos para que los codos salieran puntiagudos hacia afuera. Aprendí el baile, aprendí sus pasos pero nunca nadie me dijo como rematar un golpe con la cabeza o mover mi amplia pollera a lunares. Me sentía una gitana.

Empecé de curiosa a indagar en mi familia, en el árbol que nos da las raíces de la genealogía.

Le pregunté a mi madre y ella le pregunto a la suya… y ahí estaba. Mi bisabuela había nacido en Sevilla. “Vámonos pa´Sevilla”, decía Javito, mi profesor, cada vez que echaba a andar la canción de aquellos pagos.

Tengo una amiga colombiana, la misma que la tía sabe de exorcismo, que visitó nuestro país en el verano. La llevé a bailar salsa, claro está. Pero no bailó, solo se dignó a comentar que en su país no bailaban así, que nosotros hacemos muchas figuras y que a ella no le salían. Cuando logramos que se sacuda la timidez y que nos mostrara su gracia hizo el paso básico de la salsa.

Pero no fue básico. Fue generoso, fue dulce, sensual, caribeño, con sabrosón. Un repiqueteo en el medio de la pisada izquierda y derecha, una manito mejor puesta, una sonrisa de placer y no de esfuerzo y de su boca las palabras que decían “en los cumpleaños bailamos así”.

Sangre, baile.

Música, oído.

Cultura que tira.

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