Puntos de vista

El tren golpea sus patas sobre los caminos fijados por rieles produciendo un canto adormecedor. El viaje se torna tranquilo, absurdo, excitante.

Ella posa su mirada, él la esquiva.

Esta vez él la busca, ella la desvía.

Pasando las primeras paradas, un vendedor de chocolates vencidos interrumpe el juego: ”MINUTO”, “TIEMPO FUERA”.

Descansan los jugadores al pasar bajo un puente donde la luz del vagón se hace invisible.

Vuelta al juego. Sus miradas se clavan en el tiempo, se derriten sus pupilas, las líneas de los alrededores se desvanecen con el disparo de un cañón.

No importa el color de sus ojos, ni el tamaño, lo que preocupa en realidad es la potencia, el fuego, el voltage que puedan llegar a producir esos óvalos fijados en lo alto de su cara.

Hay algunas miradas que se cruzan y siguen su camino, se borran de la memoria tan solo llegando a la esquina de la cuadra.

También existen aquellas que casi por accidente se tocan, se ven, se miman y siguen. Son aquellas que por algún motivo nos hacen sonrojar después de lo sucedido y hasta nos producen cierta excitación.

Entrar en el mundo de las miradas es descubrir otro mundo.

Mirar, que te miren, ver a aquellos que se miran, que dos personas te miren y vos elegir por uno dándole importancia con la sola elección de mirarlo.

Conectarte a través de una fijación de retinas: la tuya en la mía, la mía en la tuya; y descubrir, y ver y mirar.

Hay miradas divertidas, desviadas, las hay juguetonas, alocadas, bizcas, existen otras que chispean las 24hs del día como el cartel de una farmacia de turno, y también están aquellas que se apagan por el paso de un huracán llamado tiempo.

La mirada habla, acaricia, conoce.

Ahora bien, lo interesante de este asunto es que si bien uno puede ver y mirar lo externo no puede hacerlo hacia uno mismo.

Si bien me conozco, me hablo y me acaricio no puedo mirarme.

La solución estaría en colocar un espejo, donde por lo menos quepan los ojos, y mirarse en él, pero lo que veríamos no es más que un simple reflejo de lo que somos.

Podríamos también mirarnos y conocernos en las miradas de los demás, pero estaríamos expuestos a la subjetividad de cada uno de ellos.

Podríamos mirar nuestras miradas mirando una fotografía, pero aquella se encuentra muerta, petrificada y sin brillo.

No hay solución.

Conozco mis debilidades y mis virtudes pero no conozco mi forma de mirar.

No somos dueños de ello.

Sí, aquel que se cruza con ella, se la apodera, y la suelta.

Sí, aquel que la retiene en su mirar.

Yo no. Les regalo mi mirar, pero no lo que veo:  Este es mi punto de vista.

 

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