Una editorial que publica los libros que nos harán mejores

Entre los primeros títulos hay un poemario de Rafael Alberti.El cineasta Daniel Burman y la ilustradora Margarita Tambornino lanzaron “Treintayseis”, que ya editó tres obras.

Muchas veces se necesita una excusa para concretar un sueño. Eso pensaron el cineasta Daniel Burman y la ilustradora Margarita Tambornino al crear la editorial Treintayseis y lanzar su primer libro. Para ellos la excusa fue El centauro en el jardín, del brasileño Moacyr Scliar. Y ya encontraron dos libros más que –dicen– tienen el potencial de cambiar a las personas: Tres niñas, de Antonio Ventura, ilustrado por Gabriel Pacheco, y Nubes de colores, un poemario de Rafael Alberti con ilustraciones de Estrellita Caracol, editados durante su primer año de existencia. Pero vendrán muchos más de esos autores cuya presencia en nuestra biblioteca –aseguran– nos harán mejores.

La filosofía detrás de la editorial –de ahí su nombre– surge del concepto cabalístico de los 36 justos: por cada generación hay treinta y seis personas que justifican la existencia del mundo, con el potencial de cambiarlo. En su lista habrá más de 36 autores pero esa línea regirá las decisiones. “Editamos los libros que nos enamoran y justifican estar entre nosotros y no sólo en la cabeza de quien los crea. Encerrarse en una línea obligaría a editar a escritores que quizás uno no tendría en su casa. Por eso preferimos poner por sobre el supuesto criterio editorial la idea de que sean libros que nos hagan sentir mejor que antes”, explica el cineasta, que como buen justo tendrá su propia obra que imagina imprescindible: Cuentos judíos para no judíos.

Como los autores, la estética de los libros es igual de diversa. Así como a El centauro en el jardín nos invitan las ilustraciones de Tambornino, que nos susurran, escondidas en las solapas, el principio y el final de una historia fascinante; Tres niñas y Nubes de colores son obras completamente ilustradas. Ventura y Pacheco nos llevan a paisajes melancólicos, donde las letras se funden en imágenes perturbadoramente bellas hasta no distinguir cómo se lee: con las palabras, los trazos, los colores o las texturas. Porque el dibujo también es escritura, basta con mirar para entrar a otro plano. Y cuando se encuentra con las palabras, explotan los sentidos. Lo mismo sucede con el poemario de Alberti: las ilustraciones de Estrellita Caracol pintan los mundos que sugieren los versos pero extienden otros, infinitos.

Esta línea infantil que piensa, sobre todo, en ese primer contacto con las Letras, surgió como una suerte de necesidad. Padres de una nena, Sara, hace ya dos años y medio, Burman y Tambornino empezaron a buscar libros y descubrieron que muchas veces las ilustraciones no estaban unificadas con las palabras. “Sucede que hay imágenes maravillosas, pero el contenido no está jerarquizado de igual manera. Falta el equilibrio”, señala Tambornino y adelanta la próxima novedad: otra antología poética de Alberti para niños más grandes, también ilustrada.

“Tenemos un especial afecto por los libros, por lo que contienen y por lo que son”, dicen casi a la par. Y se nota. Se ve en el cuidado, en el esmero, en las elecciones. No son libros para leer letras estampadas o recorrer imágenes sueltas en hojas enlazadas. Son objetos casi estereoscópicos para mirar, para oler, para tocar, para descubrir, para volar.

 

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